sábado, 17 de agosto de 2013

Oliverio Girondo







































1891 

Nace en Buenos Aires Oliverio Girondo, reconocido poeta y autor de libros como "Espantapájaros" y "En la masmédula". Murió en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.

(Buenos Aires, 1881 - 1967) Poeta argentino que revolucionó la estética de su país, a través de una obra que incorporó las principales corrientes vanguardistas. Figura central de la renovación literaria de los años veinte y treinta, fue uno de los jóvenes miembros de la vanguardia poética argentina, junto a Jorge Luis Borges y Raúl González Tuñón. Si todos ellos asumían una idéntica postura en cuanto a la necesidad de romper con la tradición (que veían encarnada en la obra de Leopoldo Lugones), en el caso de Girondo esa necesidad cobraba una fuerza que lo llevó a distanciarse nítidamente de las convenciones impuestas por el uso y aceptadas por el público.

Oliverio Girondo nació y vivió su primera infancia en Buenos Aires, pero luego viajó periódicamente a Europa. Aunque se graduó como abogado, sus inquietudes artísticas y literarias lo desviaron de esa profesión. En 1911 fundó con un grupo de amigos el periódico Comoedia, de escasa duración. En Europa tomó contacto con los movimientos de posguerra, como el cubismo y el dadaísmo. Emprendió en 1926 una gira intercontinental llevando la representación de las revistas Martín Fierro, Proa, Valoraciones, Noticias Literarias e Inicial, para establecer relación entre los movimientos innovadores de habla hispánica. En 1943 se casó con la escritora Norah Lange.

Girondo defendió la autonomía plena del lenguaje (rechazando ataduras que lo ligaran a sus funciones convencionales) para tratar de transmitir la pura esencialidad de la invención poética. Ese gesto de permanente desafío a la inercia y a la inmovilidad es acaso el que mejor caracterizó la personalidad del autor y su vocación por sobrepasar los límites de lo manifestable.

En sus libros Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), Calcomanías (1925) y Espantapájaros (1933) demostró su maestría en el manejo de la metáfora y confianza absoluta (siguiendo en esto los postulados del ultraísmo) en el poder de la imagen poética para alcanzar la esencia de las cosas. Especialmente dotado para la experimentación con el lenguaje, Girondo poseyó una destreza singular en el manejo de la ironía. En tales obras reafirmó su actitud de irreverencia moral y estética, su sentido del humor y su óptica desquiciadora del lugar común.

Sus poemas son emblemáticos de la nueva sensibilidad estética, que se caracterizaba por la búsqueda incesante de nuevos ángulos desde donde abordar la realidad, desde la más sublime a la más cotidiana. Así, la ciudades y los paisajes que con insistencia aparecen en sus textos son vistos a través de una lente que construye combinaciones inéditas entre los objetos, señalando lo que la mirada común no percibe y sólo la estratégica posición del ojo poético logra descubrir y nombrar.

Posteriormente publicó Plenilunio (1937), Persuasión de los días (1942) y Campo nuestro (1946). Su última obra, En la masmédula (1954), es acaso la más audaz de todas por el caos verbal y alucinatorio que propone. En 1961 fue atropellado por un automóvil que lo dejó inválido.

ESPERA 

Esperaba, 
esperaba 
y todavía 
y siempre 
esperando, 
esperando 
con todas las arterias, 
con el sacro, 
el cansancio, 
la esperanza, 
la médula; 
distendido, 
exaltado, 
apurando la espera, 
por vocación, 
por vicio, 
sin desmayo, 
ni tregua. 

Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos 
que son pura ceniza? 
Por muy lejos que mire: 
la espera es ya conmigo, 
y yo estoy con la espera... 
escuchando sus ecos, 
asomado al paisaje de sus falsas ventanas, 
descendiendo sus huecas escaleras de herrumbre, 
ante sus chimeneas, 
sus muros desolados, 
sus rítmicas goteras, 
esperando, 
esperando, 
entregando a esa espera 
interminable, 
absurda, 
voraz, 
desesperada. 

Sólo yo... 
Sí! 
yo sólo 
sé hasta dónde he esperado, 
qué ráfagas de espera arrasaron mis nervios; 
con qué ardor, 
y qué fiebre 
esperé 
esperaba, 
cada vez con más ansias 
de esperar y de espera. 

Ah! el hartazgo y el hambre de seguir esperando, 
de no apartar un gesto de esa espera insaciable, 
de vivirla en mis venas, 
y respirar en ella 
la realidad, 
el sueño, 
el olvido, 
el recuerdo; 
sin importarme nada, 
no saber qué esperaba: 
siempre haberlo ignorado! 
cada vez más resuelto a prolongar la espera, 
y a esperar, 
y esperar, 
y seguir esperando 
con tal de no acercarme 
a la aridez inerte, 
a la desesperanza 
de no esperar ya nada; 
de no poder, siquiera, 
continuar esperando.