sábado, 7 de septiembre de 2013

José Portogalo























José Portogalo (1904-1973). Poeta, escritor y periodista nacido en Calabria (Italia); a los cuatro años lo traen a la Argentina, donde décadas después nacerá a su seudónimo. Desempeñó diversos oficios antes del llegar al periodismo, que ejerció, entre otros diarios, en "Noticias Gráficas" y "Clarín". El tango, y caminar su ciudad -Buenos Aires- fueron dos de sus grandes pasiones. "Portogalo -dijo el poeta cubano Manuel Navarro Luna- ha podido llegar, como muy pocos poetas de esta generación, a un perfecto dominio del lenguaje poético, sin que por ello su comunicación directa con el pueblo falte en ningún momento en su poesía". Citamos entre su producción poética: "Tumulto", "Destino del canto", "Mundo del acordeón", "Perduración de la fábula". 

Un poema legendario 

Durante muchos años estuve tras los pasos de Tumulto para publicarlo nuevamente pero la negativa rotunda de su hijo, Pablo Ananía, me impedía hacerlo. Ahora Pablo rompió el silencio y entrega a El Jabalí un puñado de poemas del mítico libro de José Portogalo, junto a los dibujos de Demetrio Urruchúa que hizo especialmente para su edición. Acompañan a los versos una nota que Portogalo bajo el seudónimo de F. Díaz Bustamente escribiera para el diario Clarín, donde compartiera, la redacción con su entrañable amigo Raúl González Tuñón. También artículos donde lo recuerdan al autor de La calle del agujero en la media, César Tiempo y Ulises Petit de Murat. 
Tumulto es un libro maldito de nuestra poesía. Todos conocen su nombre. Pocos lo han leído. La razón es sencilla: ganó el Premio Municipal de 1935 pero casi inmediatamente fue prohibido. Es un poemario ferviente, despojado, militante, revulsivo, de un ritmo potente, con versos a cara o cruz. Si se lo lee ignorando su autor y su época, parecería el poema de un poeta beatnik. En su primer libro, Tregua (1933), Portogalo respeta la métrica tradicional, pero ya en su segundo poemario, Tumulto, influenciado por la poesía norteamericana de Carl Sandburg y Langston Hughes (al primero, la crítica de su país lo calificó como el sucesor de Walt Whitman, especialmente por su extraordinario poema Chicago) , deja toda atadura para lanzarse a la aventura del verso libre. 

En el prólogo a Tumulto, firmado por la editorial Imán, se dice que "...otros poetas podrán huir a su realidad y a su tiempo y otorgar al medio de su poesía un fin diverso...El autor de Tumulto en cambio, se enfrenta a él: más todavía, responde a un ritmo que tiene urgencia dinámica y sale de una realidad con frecuencia dramática". 
El lector podrá inferir fácilmente el porqué del escándalo que desató Tumulto y su posterior prohibición. Lejos de resultar "naif" su lectura, como sucede con otros poemarios de la época, Tumulto conserva todo su vigor. Quizás, en estos versos del libro, se resuma su espíritu. "Disculpadme, compañeros poetas, este cartel sin Poesía./Pero hay hambre en el mundo, hambre en las bocas del mundo. Y yo tengo un par de gritos violentos y unas ganas tremendas de vivir". 

Daniel Chirom 

Memorias del mundo sin Dios 
Por Pablo Ananía 


Fue una tarde de agosto de 1909, hace 92 años. Muertos de frío, los dos pibes se miraron sin hablarse. Uno, el lustrabotas, se mordía los codos de envidia cuando relojeaba que el otro, en la esquina de Corrientes y Esmeralda, gritaba fórmulas esotéricas para que la gente se agolpara a su alrededor, momento en el que abría una valija, sacaba una serpiente de tres metros de largo y la depositaba sobre la vereda mientras le hablaba en términos cabalísticos haciéndole misteriosas preguntas. 
El reptil ondulaba, levantaba la cabecita repugnante, movía la cola y, cuando parecía que estaba a punto de dar una punzada mortífera, el muchacho -un tal Carlos R. Muñoz del Solar- lo recogía, lo arrollaba, le decía a su público que la presunta cascabel estaba bajo sus poderes de hipnosis y así podía servirle de bufanda mientras verseaba: "Vean vean ustedes este aparatito mágico de 20 centavos de industria alemana y estas únicas hojitas de afeitar fabricadas en Gran Bretaña a sólo 3 centavos una ganga cuidado con la serpiente llévese señor este aparatito para la patrona ojo no la toque que si lo muerde lo mata llévese el aparatito...". 
El chico -charlatán, imaginativo y estrafalario- tendría unos 12 años y el otro, el lustra -el tanito que apenas hablaba en cocoliche, Giussepe Anania-, apenas 5. Los dos vivían en la Boca y a veces "trabajaban" en las barrancas de Belgrano pero aquella fría tarde de agosto, allí, en esa esquina del centro, fue donde se hicieron amigos y el mayor (el que después sería el Malevo Muñoz, el que más tarde todavía tomó el nombre definitivo de Carlos de la Púa) le enseñó al menor (el lustra, el que luego sería José Portogalo) cómo se bailaba el tango mientras recitaba en voz alta, a los gritos, para darse aires canyengues, los apuntes que Carriego ya había hecho para "El Alma del Suburbio": 

En la calle la buena gente derrocha 
sus guarangos decires lisonjeros 
porque al compás de un tango que es La Morocha 
lucen ágiles cortes... dos orilleros 

Imagínense a esos dos pibes, perdón, dos orilleros -cuando apenas comenzaba el siglo veinte- con semejante caudal de humor, deseo y fantasía: el alumno aprendió rápido. Y se hizo milonguero, compadrito, bailarín profesional. Traje cruzado, funyi, solapas de terciopelo en el abrigo largo y entallado, Portogalo -todavía por algunos años más Anania o Ananía, vaya uno a saber- empezó a ir por su vida adolescente con taquitos malevos mientras no empuñaba la brocha gorda de pintor de paredes. 

El inmigrante 
Fue feliz, es cierto, pero tuvo esa vida dura del inmigrante de tercera categoría. Nacido en 1904 en plena calle y desamparo, en Savelli, un pueblito arrasado por la pobreza, enquistado en la cumbre de una montaña, en el sur de Italia, en la Calabria, llegó a la Argentina a los 4 años con su madre, una tana inmensa, analfabeta, amorosa y extraordinaria: Dominga Gualtieri. Y con ella (que vino en busca de su primer marido) se instaló en la Boca para laburar de lustrabotas dos días después de bajar del barco. Ella encontró al Ananía original, su esposo, casado con otra y decidió ceder a los encantos de un vendedor ambulante de pescado (otro calabrés de Catanzaro, de apellido Portogalo) que asumió como suya la paternidad sobre Pepe, como Dominga llamó a su hijo desde chiquito. 
Hasta los 28 años, el Pepe Portogalo hizo de todo para ganarse la vida mientras ella lavaba la ropa del conventillo y el vecindario: lustra, vendedor de diarios, florista, vendedor ambulante, portero de escuela en la época de Uriburu y -desde los 15- bailarín profesional de tango en la escuadra del famoso Cachafaz, con el que frecuentaba los salones más temibles: la Colonia Italiana de la calle Paraná 555, el Primo Círcolo Mandolinístico Italiano, la Nazionale Italiana, La Argentina, el ABC, a dos cuadras del mercado de Abasto, al que se lo conocía con el nombre de El Gato Negro, donde sólo se bailaba entre hombres todas las noches y los sábados y domingos con mujeres. 
Por esa época -mientras ya el Malevo Muñoz se incorporaba al diario Crítica como aspirante (aprendiz de cronista) y se transformaba para la mitología porteña en Carlos de la Púa- Portogalo empezó a escribir poemas copiando a Almafuerte, imitando a Carriego, soñando con llegar a ser célebre y eficaz como Rubén Darío. 

Subversivo y pornográfico 

Anarquista, insolente, arañó esa fama en los años treinta pero de una manera impensada: su tercer libro, Tumulto, aparecido hace exactamente 66 años, en el mes de noviembre de 1935, provocó un escándalo infernal por su tono subversivo, injurioso y apasionado. Se ganó un premio municipal que nunca le pagaron y luego le confiscaron, pero agotó insólitamente una edición completa de 1500 ejemplares antes de que lo prohibieran. 
Se había convertido en el primer poeta de Buenos Aires con la realidad social metida debajo de las venas de su agrio escepticismo, de un humor descalabrado, orgulloso y triste. Eran esas épocas tremendas: de persecución política, de hambre, dolor, angustia y absoluto desprecio por la dignidad humana. Con Tuñón y Olivari, fue Portogalo uno de los primeros que puso en sus versos a la dactilógrafa que ganaba 30 pesos por mes y moría tuberculosa. El poeta de Tumulto le cantaba a los canillitas, a las maestras y a los proletarios, a los seres sin familia y sin techo, sin amor y sin compasión. 
Pero como ningún otro lo hacía con la incontenible violencia de los anarquistas románticos. Su ofuscación era la cara visible de una fermentación interior. Vivía en un tiempo desgarrado y dividido contra sí mismo, una época -quizá tan feroz como la actual- en que era imposible no preguntarse por los valores perdurables de la realidad humana en peligro de derrumbe. 
No era Portogalo el que hablaba en Tumulto: era su propia época la que en ese libro se cuestionaba a sí misma. 
Cada poema es una dentellada, un grito, la condición necesaria para advertir -con verdadero temblor profético- el advenimiento del abismo, el ingreso progresivo de una civilización -la occidental- en el cono de sombra de la disolución, un mundo sin Dios que desciende a las tinieblas de la noche histórica. 
Fue amado y odiado con igual intensidad. Los críticos oficiales lo despellejaron. Estaba en la lista de los autores indeseables. Pero la gente del suburbio lo ensalzaba violentamente. "De mí -escribió en el diario Noticias Gráficas en su propia defensa muchos años más tarde- hablaban mal los pedantes de filosofía y letras, los notarios, los escribientes de policía y los párvulos que escribían sonetos gongorinos. Me miraban con ojeriza los revolucionarios de papel maché encolumnados con toda la reacción". 
Al fin, hizo Tumulto tanta hojarasca que a Portogalo le retiraron la carta de ciudadanía argentina y le iniciaron un juicio por el que fue condenado, con Demetrio Urruchúa, el pintor que ilustró la obra, a la pena de prisión preventiva por un año. "Fui el pornógrafo de los falsos moralistas, el nihilista patológico de los falsos intelectuales, el cuco de la burguesita pudibunda que leía a Pitigrilli escondida entre las sábanas y de los hipócritas contumaces que con toga o sin ella alardeaban de honestos", se vanagloriaba en su artículo Portogalo que, perseguido, sin nacionalidad, con el alma lastimada y sin trabajo se tuvo que exiliar en Rosario primero y en Montevideo un tiempo después, cuando el golpe nacionalista del 43 amenazaba con su destierro o la cárcel por largo tiempo. 
Cambio de rumbo 
Es en Uruguay donde se distancia de Lucio (del que nadie ya sabe su apellido), el anarquista argentino que los formó políticamente a él y a de la Púa, y se embandera como camarada de ruta del Partido Comunista argentino, junto con Raúl González Tuñón, Leónidas Barletta y Elías Castelnuovo. Pero esa es otra historia que oscurece -en realidad- la conciencia luminosa que reverbera en los versos de Tumulto, sin duda su mejor obra, la que pone de manifiesto el abyecto servilismo de la clase intelectual de la época frente a las ideas libertarias que a él lo consumían. 
Tumulto es un documento vivo y patético en la conciencia de cuyo autor está presente la calamidad de un tiempo que él conocía muy bien, con su desgarramiento y su dolor, hacia donde llevara los ojos: la inmigración, la infancia, su madre, sus compañeros de andamio y brocha gorda, sus hermanos proletarios, los piringundines portuarios. 
La vehemencia verbal -habría que decir meridional, en verdad- de ese libro, su intolerancia combativa, su desprecio por los hipócritas clericales, su odio por el imperialismo y los capitalistas, confunde sus objetivos políticos. Y (mandatos de los stalinistas del Partido que no supo o no quiso eludir) con los años se van aplacando sus intensas pasiones subversivas. Del pibe aquél que hería la noche con el Malevo Muñoz ya no queda ni su armónica plateada, una pequeña joya que conservó hasta su muerte. A veces, precisamente poco antes de morir, hacia mediados de 1973, alguien bien podía verlo, solitario, menudito, perdido en su mundo y al borde de la desmemoria, envuelto en su sobretodo negro y con el funyi ladeado, caminando la madrugada porteña, merodeando por el puerto o las estaciones ferroviarias, atraído seguramente por el banderín de algún mástil o las estridentes locomotoras que se tragaban el horizonte. 
Tumulto es el tercero de sus 12 libros, el que sin duda revela su lírica intransigente. Después vinieron otros, tal vez más prolijos, quizá más acordes con su época de mansedumbre militante, cuando más cerca estuvo de Tuñón y Juanele Ortiz, de Guillén y Neruda, amigos todos -chinoístas o prosoviéticos-, envueltos todos en la mística revolucionaria de los años cuarenta. 
A Ortiz lo unía su amor por la China de Mao y el tabaco negro. A Neruda y Guillén la camaradería partidaria, la admiración por la Madre Rusia, el amor incondicional por la Cuba revolucionaria. Con Tuñón compartía el tinto y el semillón, la redacción de Clarín, la amistad de sus mujeres, las comilonas en los restaurantes del pasaje Carabelas. A Ortiz y Guillén, cuando se llegaban hasta Buenos Aires, los hospedaba en el departamento que alquilaba por 40 pesos en Villa Ortúzar. Dormían en la pieza de sus hijos, en el primer piso del 3883 de la calle Avilés, casi esquina Estomba. Ulises Petit de Murat -su otro yo, su más íntimo amigo de la vejez, su contracara católica y anticomunista, su compinche racinguista- le disputaba el vínculo con Juanele y los invitaba a ambos a comer a los boliches cajetillas de Belgrano. 
Hacían un trío estrafalario: Ortiz, flaco como una espiga, ya doblado como un junco, con sus anteojitos y su boquilla finita de hueso y ébano, Petit con su traje gris perla y chaleco, saco cortón, bigotito gris y sonrisa gardeliana, con apariencia de banquero o de aristócrata arrepentido, y el viejo Porto -con su andar de cachafaz, pelada incipiente, el encendedor carucita y el paquete rojo de Particulares sin filtro arrugado en la mano- discutían airadamente de política. A veces, los domingos al mediodía, en la casita de Ortúzar, doña Dominga Gualtieri de Portogalo (su madre) amasaba tallarines. Era cuando Ortiz se venía de Entre Ríos y se les unía González Tuñón, adicto del tuco con estofado regado con el buen vino de las botellas que llevaba de regalo envueltas en papeles de diario. Al terminar, los cuatro salían a tomar mate amargo hasta la puerta de calle, se sentaban en el cordón de la vereda o sobre un escalón de la mueblería de Moisés y en compañía del judío cachafaz, progre y generoso del barrio miraban el picado con pelota de goma de los chicos de la calle Virrey Avilés. Discutían mucho de fútbol. Ni falta les hacía hablar de poesía. 

TUMULTO: selección 

CANTO A MI PAN 

Con pan de mi amor alimenté raíces. 

De ráfaga-navío pan de nube 
de noche-madrugada pan de trinos 
y lágrima de pan de la pobreza. 
El pan del vino aguado. 
El funerario pan de los rincones. 
El pan del ofendido 
humillado 
abolido. 
En pan el pan el pan de los canteros 
con el pan de los pájaros de mi alma. 
Mi pan dije una vez (oh pan de piedra 
trizándome los dientes) 
nació del frío denso de los surcos 
y del hueso pelado del rocío. 
Y había una gaviota iluminada 
y una espiga 
de cárdeno rumor viva en mis sienes. 
Había un cielo efímero 
una lluvia 
cenicienta y atroz con cicatrices 
socavando mis yemas. 
Había sin embargo dulzura de pan fresco 
de gorrión despeinado de la música 
que se nutrió del árbol de mi sangre 
con ese ritmo sordo de cigarras 
que aturden mi memoria. 
Sus plumas custodiaron mis palabras 
y su pico el latido de la brisa 
sobre mi corazón amotinada. 
Vino a mi voz en símbolo clareado 
y me dio con el viento el pan insobornable 
imbatible 
durísimo 
del mar con la cuchara de las olas 
y el humo del tabaco de mi padre que ha muerto. 

Cómo lo conoció mi infancia 
definida 
en la mejilla aireada del aromo 
del abrojo del níspero del pámpano la higuera 
y del libro escolar garuado en un baldío. 

De pronto salió el pan salió de las arrugs 
del labrador con hambre 
y de la finca aérea del hornero. 
Y yo 
salta-alambrados 
pierna al aire del aire avispa ronca 
y hojaldre de los sueños 
"como un ojo que ve claro" pude ver 
destellando esplendores 
el ojo de la vida 
la inocencia del pan 
y el encendido soplo de la escarcha 
que preanuncia el exilio ante el abismo. 
Y diría en fugaces imágenes del vértigo 
primavera-gorrión gorrión-verano 
y amor hilo de fragua 
resplandor 
caricia de agua quieta sobre el musgo. 
Y mi vocabulario y mi cuaderno 
perdido en un galpón 
con la locomotora de un tren que nunca olvido. 
Y diría también linterna humedecida 
armónica herrumbrosa 
y mendrugo de pan entre mis vértebras. 
De pan-gorrión entonces mi esqueleto 
mi barba con espuma mi calvicie 
mi fulgurante lengua de pan-gorrión 
alígera 
y súbita alfarera de mañanas 
que ha rodeado mi pecho de júbilo radiante. 
Mi pan dije una vez (oh pan reflorecido 
del vaho en las colinas) 
izó luz infinita pan de gallos 
que asea alta la noche los molinos 
y el belfo echando azufre de un potro ingobernable. 
Y vi cómo del ojo de Éluard amanecía 
el ojo que ve claro pan de fuego 
y de raudo aletear mi pan de río 
mi gorrión-primavera mi semilla 
de ese pan rutilante 
pan de sol. 

Pan de lumbre ganado repartido. 
Pan de frente rozando el horizonte. 
Pan de hermano de amigo solidario 
pan de voz. 

Asaltamos el alba a tiro limpio 
Ramón Sender 


Me trepan los insultos -mareas numerosas- 
como trepan los hijos al cariño de un hombre. 
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito. 
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes. 

Puertas de bronce viejo, de hierro remachado, 
caerán cuando se agrupen las voces en un puño. 
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida: 
así dancen las balas no serán de este mundo. 

A los calvos de ideas, con sangre de pantano, 
a los viejos que ensucian las palabras más altas, 
les hago una advertencia: conmigo están los brazos 
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas. 

La humildad -ese viejo mascarón- no hará suya 
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas 
y en sus climas oscuros, como a un árbol raíces, 
nutren de savia pura los cuencos de su entraña. 

Y ¡guay! del que esté en contra de nosotros, los pobres, 
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos, 
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra, 
que suben hasta el límite más alto de los cielos. 

La vida es de nosotros los que hacemos la vida 
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza 
y que jamás o nunca tenemos una cama 
donde cavar la hondura de un vientre en primavera. 

Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero, 
si agitamos un grito de protesta nos castran. 
Nos orinan la baba de un exiguo salario 
y nos cuadran en leyes como a burros de carga. 
Y hablan de La Piedad, de La Bondad, del Arte, 
sacerdotes, artistas, profesores, poetas, 
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías, 
¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena! 

Ah señor Jesucristo: no queremos tus frases 
-panes sin levadura-, magníficas, humanas, 
que no son más que frases pero que nos inhiben 
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas. 

No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo 
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias, 
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda, 
te lo digo derecho: tus palabras son putas. 

Al carajo con todas las parábolas bellas. 
Al carajo con todos los escrúpulos sordos. 
Presentemos las armas proletarios del mundo 
y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos. 

La vida es de nosotros, los que hacemos la vida 
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza, 
y que jamás o nunca tenemos una cama 
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.