viernes, 6 de septiembre de 2013

Nicolás Olivari







































(Buenos Aires, 1900 - 1966) Escritor argentino. Desde muy joven dio rienda suelta a sus inquietudes literarias, que le llevaron a formar parte de los principales grupos culturales y estéticos de su país.

Así, se dio a conocer como integrante del grupo Boedo, para pasar después a engrosar las filas del grupo Florida, congregado alrededor de la revista literaria Martín Fierro, una de las empresas culturales más fecundas del momento.

Los martinfierristas se constituyeron en la avanzadilla de las vanguardias que, hacia la primera posguerra, dominaron el panorama de la cultura occidental. En general, todos ellos asumieron plenamente los postulados ultraístas, cuya poética privilegia el uso intensivo de la metáfora, por lo que lo más valioso de su producción literaria nació en el terreno de la poesía.

Su obra, que abarca diversos géneros literarios, se caracteriza por su personal tono humorístico y agresivo. De sus poesías cabe mencionar La amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926), El gato escaldado (1929), Los poemas rezagados (1946). Entre sus relatos figuran El hombre de la baraja y de la puñalada (1933), La noche es nuestra (1952), Un negro y un fósforo (1959).

Es autor asimismo de obras dramáticas como Dan tres vueltas y luego se van (1937) y La tercera invasión inglesa. En el ámbito del género dramático participó activamente en la estimulante experiencia del Teatro del Pueblo, en el que, venciendo las dificultades de las clases más poderosas, se dieron a conocer los dramaturgos argentinos más significativos.

Insomnio

No mintamos más. Clávate en tu angustia,
no disimules tu opaco gesto,
tu tortura,
el otoño enrarecido en tu alma,
la inutilidad de tu juventud inicua,
tu criollismo sin sol...
El barrio es carne de tu carne,
y su misma absurda alma, esa, es tu alma.
No mientas más, ¿para qué?, aléjate
de los círculos literarios,
y llora, hombre, una vez en tu vida,
cuando no te ve nadie.
Ten el pudor de tu lágrima,
y tu lágrima sea
blasfemia,
caló arrabalero, 
perífrasis de artista,
cualquier cosa que disimule
tu escepticismo,
tus amadas que tocan los órganos sexuales,
tus veinticinco años aburridos,
tu incapacidad de dar,
de crear, de amar, de orar...
No creas en nada y no lo digas,
muestra tu cinismo como una lápida
que te soterre en vida...
Pregusta la muerte
en tus chistes suicidas...
No salgas los domingos de tu cueva,
hazlo a la noche pegado a las paredes,
ocupando el menor sitio posible en el mundo,
para que la vida no te vea
y no te escupa.
No escuches el himno nacional,
ni menos la fácil polka del ensueño burgués,
ilumine tu pavés
-negra bandera del «qué me importa»-
un sólo verso de Baudelaire.
Todo está dicho ya.
No añadas palabras inútiles
a las de los periódicos...
Sé idiota o banal,
consérvate ausente de tu mal...
y no se lo digas a nadie, ni a tu mujer,
-ella es chismosa
y su carne infecunda
propalará tu abulia-... 

Estás solo y estás en ti,
¿te ves el nauseabundo pozo de ti mismo
la carroña de tus instintos locos,
de tus quimeras tuertas
de tus siete amadas estranguladas
en la cámara oscura de tu original locura?...
Ponte tu orgullo como tu camisa
-tu plebeya camisa de zephir-,
odia mortalmente, odia a fondo,
con el odio untuoso de los malevos,
y el mismo odio de las prostitutas...
Haz el poema de tu animalidad
cuida estilizar tus podredumbres,
saca brillo a tus crímenes;
hay fiesta en la ciudad
de mis años muertos...
¡ah los gusanos tuertos
que buscan mis ojos en la oscuridad!...
Ciudadano, ciudadano,
y con veinte siglos de literatura en el pecho,
disimula... disimula...
Y ODIA, odia, ¡ah la hora del odio!
odia, odia, ¡ah! la espera del odio,
odia, odia, ¡ah! la voluptuosidad del calembourg
tendido en flecha hacia el que odias...
el epigrama... el epitafio, la sorna,
la bella calumnia infame que acogota
la sublime basura humana...
y luego tu tos...
siempre tu 
tos...