domingo, 20 de octubre de 2013

ARTHUR RIMBAUD (Charleville, Francia, 1854-Marsella, id., 1891)








































Poeta francés. Sus padres se separaron en 1860, y fue educado por su madre, una mujer autoritaria. Destacó pronto en el colegio de Charleville por su precocidad. En septiembre de 1870 se fugó de casa por vez primera y fue detenido por los soldados prusianos en una estación de París.

Su profesor, Georges Izambard, lo salvó de la cárcel, pero al mes siguiente intentó de nuevo la fuga, esta vez dirigiéndose hacia la región del Norte. Después de trasladarse a Bélgica, quiso emprender carrera como periodista en la ciudad de Charleroi. Entre las dos fugas, había empezado a escribir un libro destinado a Paul Demeny, pariente de su profesor y poeta reconocido en París.

Cuando regresó a Charleville, en el invierno de 1870-1871, su colegio había sido convertido en hospital militar. Huyó a París en febrero y fue testigo de los disturbios provocados por la amnistía decretada por el gobierno de Versalles. Volvió con su familia en marzo, en plena Comuna, y publicó la famosa Carta del vidente. Auténtico credo estético, la Carta definía al poeta del futuro como un «ladrón de fuego» que busca la alquimia verbal y lo desconocido a través de un «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos».

Verlaine, a quien había enviado algunos poemas, le invitó a París. Rimbaud llegó con un poema, El barco ebrio, quizás la mayor expresión de su genio visionario, que impresionó profundamente a su anfitrión. En París, se integró enseguida en el círculo literario del club zutista y escribió el Album zutique.

Tras una breve estancia en Charleville, donde compuso algunos poemas sencillos, más o menos místicos, nació una tormentosa relación amorosa con Verlaine, que empezó en el Barrio Latino de París, en mayo de 1872. Tras abandonar a su esposa, Mathilde, Verlaine se instaló con él en Bruselas y más tarde en Londres, para experimentar lo que, según Rimbaud, debía ser la aventura de la poesía.

En contacto con los partidarios exiliados de la Comuna, sus vidas se volvieron cada vez más caóticas, a medida que uno y otro cultivaban las excentricidades de todo tipo. En julio de 1873, Verlaine, el «desgraciado hermano» de Rimbaud, huyó a Bruselas; pretendía enrolarse con los carlistas, o suicidarse. Llamó a Rimbaud, éste acudió a su lado y volvieron las disputas. Verlaine, un carácter depresivo, sospechando que iba a ser abandonado pronto, disparó a Rimbaud y lo hirió, por lo que fue arrestado y encarcelado.

Mientras se recuperaba en sus Ardenas natales, Rimbaud terminó el libro autobiográfico Una estancia en el infierno, donde relataba su historia y daba cuenta de su rebeldía adolescente. Luego, gracias a su madre, publicó Alquimia del verbo, pero la obra no fue distribuida (Rimbaud dejó una copia en la prisión, para Verlaine, y repartió otros pocos ejemplares entre sus amigos). Regresó a Londres, acompañado por Germain Nouveau, en 1874, y escribió su última obra, Las iluminaciones, cerca de cincuenta poemas en prosa que proyectan sucesivos universos y proponen una nueva definición del hombre y del amor. A los veinte años, abandonó la literatura.

La segunda parte de su vida fue una especie de caos aventurero. Empezó como preceptor en Stuttgart, se alistó (y desertó luego) en el ejército colonial holandés y viajó en dos ocasiones a Chipre (1879 y 1880). Después de distintas escalas en el Mar Rojo, se instaló en Adén y más tarde en Harar (Etiopía). Se dedicó al comercio de marfil, café, oro o cualquier producto que consiguiera por el trueque de alguna mercancía europea; también envió informes a la Sociedad Francesa de Geografía. En 1885 volvió a Adén y vendió armas. Atravesó el desierto de Danakil y se tomó un tiempo de descanso en Egipto. Por último regresó a Harar, donde prosperaban sus negocios. En 1891, aquejado de fuertes dolores en la pierna derecha, volvió a Francia, donde le fue amputada y murió poco después en un hospital de Marsella.

Sol y carne

El sol, hogar de vida radiante de ternura,
vierte su ardiente amor sobre el mundo extasiado; 
y cuando nos tumbamos en el valle, sentimos 
que la tierra es doncella rebosante de sangre; 
que su inmenso regazo, henchido por un alma,
es de amor, como Dios, de carne, como una hembra 
y que encierra, preñada de savias y de luces, 
el hervidero inmenso de todos los embriones.

Todo crece, pujante.
¡Oh Venus, oh diosa!
Añoro aquellos días, cuando el mundo era joven,
con sátiros lascivos, con silváticos faunos, 
con dioses que mordían, en amor, la enramada, 
besando entre ninfeas a la Ninfa dorada. 
Añoro aquellos días, cuando la savia cósmica, 
el agua de los ríos y la sangre rosada 
de los árboles verdes, en las venas de Pan 
encerraba tremante un mundo, y que la tierra, 
bajo su pie de cabra, lozana palpitaba;
cuando, al besar, suave, su labio la siringa, 
tocaba bajo el cielo el gran himno de amor; 
cuando en medio del campo, oía, en tomo a él, 
la respuesta, a su voz, de la Naturaleza;
cuando el árbol callado que acuna el son del ave, 
y la tierra que acuna al hombre, y el Océano 
azul, inmensamente, y todo lo creado, 
animales y plantas, amaba, amaba en Dios.

Añoro aquellos días de Cibeles, la grande,
que recorría, cuentan, enormemente bella,
en su carro de bronce, ciudades deslumbrantes: 
sus senos derramaban, gemelos, por doquier 
el arroyo purísimo de la vida infinita;
y el hombre succionaba, dichoso, la ubre santa, 
como un niño pequeño que juega en su regazo. 
-Y el Hombre, por ser fuerte, era casto y afable.

Por desgracia, ahora dice: ya sé todas las cosas;
y va, avanzando a ciegas, sin oír, sin mirar.
-¡Así pues, ya no hay dioses! ¡Ya sólo el Hombre es Rey, 
sólo él Dios! ¡Pero Amor es la única Fe ...! 
¡Si el hombre aún bebiera de tus ubres, Cibeles,
gran madre de los dioses y de todos los hombres, 
si no hubiera olvidado la inmortal Astarté, 
que antaño, al emerger en el fulgor inmenso 
del mar, cáliz de carne que la ola perfuma, 
mostró su ombligo rosa, donde la espuma nieva,
e hizo cantar, Diosa de ojos negros triunfales, 
el roncal en el bosque y en el pecho el amor!

II

¡Creo en ti, creo en ti! Divinidad materna,
¡Afrodita marina! -Pues, el camino es áspero 
desde que el otro Dios nos unció a su cruz;
¡Came, Flor, Mármol, Venus, es en ti en quien creo! 
-El Hombre es triste y feo, triste bajo los cielos; 
y ahora anda vestido, ahora que no es casto, 
pues ensució su busto orgulloso de dios 
y se ha ido encogiendo, cual ídolo en la hoguera, 
al dar su cuerpo olímpico a sucias servidumbres; 
incluso, tras la muerte, quiere vivir, burlando 
con pálido esqueleto su belleza primera. 
-Y el ídolo al que diste tanta virginidad, 
alzando a lo divino nuestra arcilla, la Hembra, 
con vistas a que el Hombre alumbrara su alma, 
subiendo lentamente, en un amor inmenso, 
de la cárcel terrestre al día, en su belleza, 
la Hembra, ¡ya ni sabe ser simple cortesana! 
-¡Qué broma tan pesada! ¡y el mundo ríe estúpido 
al oírte nombrar, dulce, sacra y gran Venus!

III

¡Si el tiempo retomara, el tiempo que ya fue...! 
-¡El Hombre está acabado, se acabó su teatro! 
Y un día, a plena luz, harto de romper ídolos, 
libre renacerá, libre de tantos dioses,
buceando en los cielos, pues pertenece al cielo. 
¡El Ideal, eterno pensamiento invencible, 
ese dios que se agita en la camal arcilla, 
subirá, subirá, y arderá en su cabeza! 
Y, cuando lo sorprendas mirando el horizonte, 
libre de viejos yugos que desprecia sin miedos, 
vendrás a concederle la santa Redención 
-Espléndida, radiante, del seno de los mares 
nacerás, derramando por el vasto Universo 
el Amor infinito en su infinita risa: 
el Mundo vibrará como una lira inmensa 
en el temblor sin límites de un beso repetido.

-El Mundo está sediento de Amor: aplácalo. 
.....................................................................

[¡Libre, el hombre levanta, altiva, su cabeza!
¡Y, raudo, el rayo prístino de la primer belleza 
da vida al dios que late en el altar de carne! 
Dichoso en su presente, pálido en su recuerdo, 
el hombre quiere ahondar, -y saber. ¡La Razón,
tanto tiempo oprimida en sus maquinaciones,
salta de su cerebro! -¡Ella sabrá el Porqué!... 
¡Que brinque libre y ágil: y el Hombre tendrá Fe! 
¿Por qué es mudo el azur e insondable el espacio? 
¿Por qué los astros de oro que hierven como arena? 
Si subiéramos más y más, allá arriba ¿qué habría? 
¿Existe algún Pastor de este inmenso ganado 
de mundos trashumantes por el horrible espacio? 
Y estos mundos que el éter abraza inmensamente 
¿vibran, acaso, al son de una llamada eterna? 
-¿El Hombre puede ver? ¿y decir: creo, creo? 
¿La voz del pensamiento va más allá del sueño? 
Si en el nacer es raudo, si su vida es tan corta
¿de dónde viene el Hombre? ¿se abisma en el Océano 
profundo de los gérmenes, los Fetos, los Embriones, 
en el Crisol sin fondo del que la Madre cósmica 
lo resucitará, criatura que vive, 
para amar en la rosa y crecer en los trigos?... 

¡No podemos saberlo! -¡Estamos agobiados
por un oscuro manto de ignorancia y quimeras! 
¡Farsas de hombre, caídos de las vulvas maternas, 
nuestra razón, tan pálida, nos vela el infinito! 
¡Si queremos mirar, la Duda nos castiga! 
La duda, triste pájaro, nos hiere con sus alas!... 
-¡Y en una huida eterna huyen los horizontes! 
.....................................................................
¡Ancho se entreabre el cielo! ¡Los misterios han muerto 
ante el Hombre, de pie, que se cruza de brazos, 
fuerte, en el esplendor de la naturaleza! 
Si canta... el bosque canta, y el río rumorea 
un cántico radiante que brota hacia la luz!... 
-¡Llegó la Redención! ¡Amor, amor, Amor!...].
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IV

¡Oh esplendor de la came! ¡Ideal esplendor!
¡Renadío de amores, amanecer triunfal,
cuando, a sus pies tendidos los Dioses y los Héroes, 
Calipigia la blanca y el Eros diminuto
rozarán, coronados por la nieve de rosas,
la mujer y la flor que adorna su pisada! 
-Grandiosa Ariadna, que derramas tu llanto 
por las playas, al ver huir en lejanía, 
blanca en la luz solar, la vela de Teseo...

oh dulce virgen niña que una noche ha tronchado, 
¡calla!... En su carro de oro orlado de uvas negras, 
por los campos de Frigia, Lisios pasa; lo llevan, 
panteras de piel roja y tigres lujuriosos 
y dora,. al recorrer ríos de aguas azules, 
el verdor de los musgos en la orilla enfoscada. 
Zeus, Toro, en su nuca, acuna como a niña 
Europa desnuda que enlaza con su blanco 
brazo el cuello nervioso del Dios estremecido 
que la mira, despacio, de soslayo, en el agua. 
Y dejando que, pálida, su cara en flor resbale 
por la frente de Zeus, muere y cierra los ojos 
en el beso del Dios; y el agua que murmulla 
con su espuma dorada florece sus cabellos. 
-Entre la adelfa rosa y el loto charlatán 
se desliza, en amor, el gran Cisne que sueña 
y su ala blanca abraza la blancura de Leda;
Y, mientras, Cipris pasa, enormemente hermosa, 
cimbreando la curva rotunda de su grupa, 
desplegando orgullosa el oro de sus pechos
y su vientre nevoso que un negro musgo orla; 
-Heracles, Domador, que en su gloria se cubre 
el cuerpo fuerte y vasto con la piel de un león, 
a lo lejos avanza, con frente dulce y fiera.

Rozada por la luna de estío, levemente,
de pie, desnuda, sueña en su palor dorado 
que tiñe la ola densa de un pelo azul y largo, 
en el calvero oscuro donde el musgo se estrella, 
la Driade que mira el cielo silencioso... 
-Y la blanca Selene deja flotar su velo, 
temerosa, a los pies del hermoso Endimión, 
y su beso resbala por un pálido rayo...
-La Fuente llora, sola, con prolongado éxtasis... 
Es la ninfa que sueña, apoyada en el ánfora, 
en el bello doncel blanco, en sus aguas preso. 
-Una brisa de amor transita por la noche, 
y en el bosque sagrado, en sus horribles frondas, 
de pie, majestuosos, los Mármoles oscuros, 
los Dioses coronados por nidos de Pinzón, 
escuchan a los Hombres y a todo el Universo.