martes, 15 de octubre de 2013

Miguel Diómede (argentino, 1902 -1974)









































Fué un pintor figurativo, que puso el acento en la introspección, nutriéndose de lo cotidiano.

Realizó una pintura sensible, de tonos cálidos y matices sutiles. Supo lograr una atmósfera de levedad que envuelve poéticamente las flores, los retratos, los paisajes y las naturalezas muertas, temas de su preferencia.

Su pintura transmite emoción con suma discreción, calladamente.

De bajo perfil sus temas, sus colores, sus trazos, de bajo perfil como él mismo.

La muerte había sido vivenciada por él desde la niñez y la adolescencia. El golpe recibido él los cuatro años con la pérdida de su padre no sería ni el primero ni el último. Nacido en un hogar sumamente 
humilde y, por lo tanto, conocedor de necesidades desde que lloró por primera vez para poder vivir, los recibió nuevamente a los catorce años, esta vez con mayor intensidad. Con la cobranza de la primera quincena fue a entregársela a la madre postrada en el lecho hacía tiempo, pues padecía de una vieja lesión cardíaca tan grave que la emoción de este hecho le causó la muerte.

Tardó en tomar conciencia de este hecho natural, para él tan aciago y que desconocía, traumatizándolo para toda su vida, obsesionado por ella. Desde, tan temprana época y en un empecinado intento por vencer la fatalidad su existir transcurrió en un anhelo de infinitud que se mantuvo presente hasta en la obra última, un par de rosas que sus amigos habían colocado en un simple vaso frente a la ventana del cuarto del enfermo.

Solamente al final de su trayectoria la sociedad reparó en la queda trascendencia creadora de Diómede, que prefirió luchar independientemente sin adscribirse a los multifacóticos "ísrnos" 
conternporáneos comprometiéndose en la búsqueda de nuevas visiones o aun más en la profundización de las ya alcanzadas.

La suya no fue una actitud de automarqinación sino simplemente la necesidad de un tiempo distinto e individual. Ciertos hitos fundamentales marcan su recatada vida públlca: su nombramiento de 
académico (1973) y dos exposiciones, las de 1958 y 1974. La póstuma (1975) constituyó un lanzamiento a una dimensión extratemporal donde sus obras quedaron ya, por fin, dolorosa e inevitablemente concluidas.
Poco tiempo antes de su muerte fue designado miembro titular de la Academia Nacional de Bellas Artes (5 de mayo de 1973) para reemplazar al arquitecto Mario J, Buschiazzo. Aportaba su peculiar propuesta estética desde un lenguaje singular, imprimiéndole valores universales y vivificados 
cada vez que pintaba o dibujaba.

Una exposición significa, para cualquier artista, la posibilidad de recibir ese aliciente especial que requiere para seguir creando, quizá para mantener el mismo ahínco, quizá para hacerla con más fe y pujanza. Pensemos que esta confrontación con el medio le permite adquirir nuevos o renovados parárnetros internos y que éstos, más allá de la afirmación, negacíón, cambio o continuidad, siempre ejercen un impulso de activación: y no es para menos, el pintor, al exponer sus obras, se expone con ellas porque las siente parte de sí.

En el riesgo podrá cosechar el éxito o el fracaso, sentir á lél comprensión, la admiración, el rechazo o, en el peor de los caso= , la indiferencia, Lo importante es que estará ante ese espejo que son sus semejantes, A lo largo de la historia existieron "galerías de arte" que sirvieron de marco 
para que este fenómeno se produjese una y otra vez; salones, museos palacios, castillos, templos, muros, cuevas, así lo atestiguan, y aunque la posición y la proyección del artista en la sociedad fueron variando, la expectativa de respuesta siempre acompañó al autor con la misma intensidad, Bien podemos imaginar lo que sintió Diomede aquel 12 de noviembre de 1958, día en que se inauguraba su primera muestra retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes , Allí se exponían noventa y siete obras, el producto de largos años de trabajo plagados de sacrificios realizados por este hombre poco afecto a las exteriorizaciones públicas y mucho menos a las formalidades de todo tipo.

No había llegado a tal instancia por casualidad sino por causalidad llena de merecimientos y el hecho llevaba en sí connotaciones especiales; era un órgano oficial de la importancia del Museo Nacional el que le abría sus puertas en señal de justo reconocimiento. En esa ocasión el crítico Córdova Iturburu expresó desde las páginas del diario Clarín: "La excelente iniciativa de la dirección de nuestro Museo de Bellas Artes de realizar algo así como una sistemática revisión de valores argentinos a través de una serie de exposiciones panorámicas de algunos artistas, ha tenido, hace unos días, un comienzo inmejorable".

Jorge Romero Brest, entonces director de la institución, señalaba que el museo iniciaba una serie de muestras" ... en las que se aspira a presentar artistas nacionales de valor, que por algún motivo no sean suficientemente considerados o porque estime necesario rever el juicio que se tenga sobre ellos". 
Un altísimo honor que debió haber reconfortado su exquisita sensibilidad, pero que, sin embargo, no desvió su modestia frente a la vida y el trabajo. No en vano solía decir que lo único que le interesaba era aprender y que la gente que concurría a sus exposiciones debía hacerla para ver y juzgar lo aprendido, porqueen caso contrario resultaría una pérdida de tiempo.

Dieciséis años después de la exposición del Museo Nacional de Bellas Artes, el 27 de julio de 1974, el centro de arte LAASA abría sus puertas para exhibir una comprensiva muestra compuesta por ciento treinta y nueve obras, que incluía desde una naturaleza muerta de 1928 hasta Manuel, de 1973. Aquellos que la visitamos nos encontramos frente a un mundo de belleza suspendida, de refinamientos colorísticos, joyeles magníficos queparecían surgidos como por arte de magia sin la intervención de las manos del artesano, y no obstante involucraban necesariamente la existencia de un cuidadoso hacedor de esos prodigios a través de un laborioso proceso, pero, por sobre todo. la existencia de un creador poseedor de una extraordinaria capacidad técnica puesta al servicio incondicional de su concepción del arte y de su filosofía vital.

Tras el recorrido silencioso, la lectura despaciosa, el reconocimiento deslumbrado, irrumpieron las preguntas, las reflexiones, los planteos.

Parecería que Diomede evadió voluntariamente las acuciantes presiones de la gran ciudad y del tiempo urbano en que le tocó vivir. Parecería también que permaneció indiferente ante las crisis estéticas de nuestro siglo, que su concentración en el trabaja lo aisló como en un laboratorio científico. Sin embargo, vemos entre sus obras gran cantidad de retratos y, en la mayoría de los casos, el nombre (Renzina, Pascual, La Chola, Autorretrato) nos habla de una relación directa, afectiva, que enseguida disipa la idea de considerarlos meros estudios formales, y reubica al pintor porque evidencia que la escisión medio-artista no existía.

El hombre es en el espacio y en el tiempo; ambos lo transforman e imprimen en él sus huellas. Diomede tomó a ese ser humano sin sublimaciones, se aproximó a él, lo observó detenidamente y lo captó en un momento dado, pero una sola visión no lo satisfizo. le pareció demasiado accidental, precaria. Pasó el tiempo, volvió al modelo y su ojo analítico descubrió los sutiles cambios que había sufrido. Modificó el retrato, pintó esa nueva apariencia: las arrugas, el ceño más pronunciado, algunas manchas. Así. una y otra vez el soporte recibió la reelaboración del aspecto físico y psicológico del retratado. Plasmó la maduración. Todos somos la síntesis de lo que fuimos. Al revelar esa realidad estaba asumiendo al hombre en una dimensión espacio-temporal más radical.

En esta especial concepción no cupieron, por cierto, lo anecdótico, el detalle, la puesta en escena; se destacaba la soledad de la figura, concentrada en sí misma, privilegiada y enriquecida por el uso complejo del color, que le daba vida plástica. Quizás eligió el retrato porque su lenta factura le permitió establecer una íntima, inédita relación con 
el ser humano, de la cual surgió una interpenetración de almas que produjo una obra de arte en elaboración constante como la vida misma.

El hombre actual ha perdido su identidad, está inmerso en la materia y, en su relación con la naturaleza y los objetos, solo le preocupa la posesión y el más feroz de los utilitarismos. Ha roto el equilibrio, ha hecho del cosmos un caos turbulento e incomprensible. Diomede, extremadamente sensible, percibió el peligro que significaba dar el salto en el vacío y se apartó de él.

Durante toda su vida se acercó con humildad a las cosas y al paisaje tratando de develar las esencias, intentando restablecer un orden armónico que él intuía. Se propuso calar cada vez más hondo y para ello se plegó a la naturaleza sin perturbarla, pero sin perder su conciencia refleja. La contemplación serena, el respeto profundo le fueron descubriendo un mundo mucho más estable, de cambios cíclicos, en el que la muerte es constantemente superada por el renacer.

El mismo método de trabaja que adoptó se ajustó sabiamente a ese ritmo y buscó plasmar la fuerza avasallante de lo vital y su patentización a través de lo sensible. El leit motif es la luz, esa luz que sugiere la forma, que hace vibrar el color y que, en definitiva, informa la materia. Ir tras las esencias significa ir tras la posibilidad de la extrema síntesis, que el maestro logró sin teorizaciones ni intelectualismos como una tarea de vida y de reflexión, cotidiana y callada. Cada mirada amorosa, cada pincelada, cada velatura, formaban parte del gigantesco esfuerzo por hacer aflorar el impulso creador y dar la más rotunda negativa a lo confuso, lo arbitrario, la nada.

Retratos, naturalezas muertas, flores, paisajes, no fueron pretextos temáticos para desarrollar un discurso plástico; mediante una verdadera reminiscencia, recuerdo y evocación, el pintor fue adentrándose en ellos con el fin de encontrar tan siquiera la sombra de la forma perfecta y devolverle al arte el equilibrio y la belleza del orden inteligible. 
Juego de transposiciones Poseer la cualidad de tener amigos verdaderos y no circunstanciales quiere decir poseer un tesoro incalculable. Una amistad representa, al mismo tiempo, una proyección .• de autenticidad que se busca y que busca la autenticidad del otro una simbiosis con el inmenso poder de subsistir más allá de la muerte. El tiempo de vida marca la posibilidad de la siembra; el otro, el de la última cosecha, la más qrande, la valedera. Diomede encontró este secreto sin proponérselo, como no queriendo darse cuenta de los logros que sentía y valoraba profundamente porque su meta inalcanzable era depositar una semilla más en quienes creía, respetaba y amaba. 
Así era él, un hombre puro, íntegro, capaz de transformar un mundo de sinsabores en un reino pleno de riquezas espirituales.

La exposición de 1975 5 fue fiel testimonio de ello. Desaparecido el maestro, sus amigos arrancaron sus obras a la muerte, poniendo al descubierto que belleza, 9spacio, tiempo, lenguaje y trascendencia eran elementos que se conjugaban en una brumosa y a la vez transparente real idad. Durante cuarenta años, mientras hacía su trabajo de pintor, Diomede había mirado hacia adentro, hallado allí su alma y, a través de este proceso insistencial, percibido el sentido y la raíz del alma del prójimo y aun la de las cosas. Estas obras inacabadas eran el resultado de tal meditación y en cada una de ellas se reflejaba esa actitud metafísica.

Como hombre que desentrañó el significado del amor y de la humildad se rebelaba ante la idea de terminar un cuadro, porque terminar implicaba poner un fin arbitrario a la eterna y fluida tarea del creador, y para él crear era la única manera de vencer a la muerte.

Por eso el que contemplaba aquella exposición vivenciaba una experiencia estética de magnitud diferente. Superado el primer momento de deleite sensible por la riqueza cromática o el araoesco del dibujo, el todo empezaba a perder consistencia, a desmenuzarse en extraño polvo de color, a convertirse en un poético fantasma.

Recién más tarde, establecida una relación personalizada, desde muy adentro, recomenzaba a organizarse con rigurosa estructura. Se trataba de un juego de transposiciones que iba de lo sensible a lo inteligible para recalar en lo espiritual y desplegarse en una nueva conjunción, menos corpórea y más lúcida. Cada uno de los pasos contenía a los otros, de los cuales era consecuencia lógica e indivisible; los tres formaban una- amalgama que se manifestaba en los distintos pero unidos aspectos de su personalidad.

El artesano fue perseverante, constante, se empeñó pacientemente en extraer de los colores las máximas posibilidades y las tonalidades y matices más sutiles, los aplicó refinadamente obteniendo increíbles transparencias, 
cuidó de los deta11es (utilizaba una sola marca de pintura para cada cuadro, cambiaba frecuentemente los pinceles) y nunca trató de distorsionar los cambios naturales (pintaba sólo con luz de día, en el mismo lugar que había 
comenzado, las frutas y las flores de la estación, etc.). Sin servilismos ni imitaciones, desde un enfoque autónomo radicó allí su originalidad.

Para Luis Seoane "El pintor que representó Vermeer está sentado y trabaja despaciosamente en su cuadro. Así, salvando el tiempo que los separa, la ropa, la ciudad, el taller, me imagino a Miguel Diomede. Pintando lentamente en un cartón, en una tela, deteniendo su pincel, cambiándolo por otro de número distinto, reflexionando, mirando una fruta, ese higo, esa manzana, o un paisaje, o el propio rostro reflejado en el espejo. Se trata de la luz, de esa luz que huye para siempre, pues la de mañana no será igual a la de hoy, aunque debiera serio, piensa el pintor. Se trata de un matiz apenas perceptible para los demás, pero que Diomede, el pintor, descubrió que ayer estaba ahí sobre el propio rostro, sobre la fruta, sobre el árbol y que hoy no puede encontrar. Es el secreto que trata de descubrir, el secreto de ese matiz".

Este angustioso planteo trató de resolverlo plásticamente sin apelar a la abstracción. Se valió del color para definir los imaginarios planos que atraviesan el espacio, los fondos-planos, las figuras-planos que se interseccionan, adquierenconsistencia y se diferencian, pero al mismo tiempo están envueltos en una atmósfera aglutinante y persistente que evita la descomposición en partículas. Sin efectismos y sin falsas audacias superó la dicotomía geometrización-abstracción en una renovada figuración.

El artista aspiró a la totalidad y al absoluto, y a pesar de saber que el intento es irrealizable, haciendo uso de su libertad vivió en una tensa expectativa, en un ascético perfeccionamiento en el que cada toque de pincel se transformó en un gesto ritual. La práctica trabajosa no lo agotó, por el contrario, le fue abriendo constantemente infinitas vías, 
incontables matices que se manifestaron en el fragmento más pequeño o en el rincón más lejano. Ese acto de fe que fue su pintura lo llevó a desmaterializar la materia, a tornarla más translúcida, como si a fuerza de proponerse voluntariamente lo inalcanzable fuera logrando hacer visibles las esencias, aprehender lo inasible.

Durante veintitrés años Diomede trabajó con amor y paciencia en su Autorretrato con fondo verde (1950-1973).
Forjó su rostro como summa de experiencias y vivencias, con la fuerza de quien mucho ha sufrido, pero como un ser non finito, al que la vida todavía puede embatir y moldear aún más, sin el acabado que sólo la muerte trae definitivamente. La luz estructura la obra, desprende el fondo verde del verde saco, va penetrando y descubriendo los rasgos físicos, la profundidad humana de la cara, se desliza por la frente hasta tropezar con los oscuros cabellos y estalla en el rojo pañuelo del cuello. Respeta las formas, no las diluye, crea una volumetría ondulante y sutil, incorpora una atmósfera aireada, como un halo, que envuelve la figura y, por fin, define los planos y determina el fondo que la absorbe y neutraliza.

El texto siguiente, que constituye un manifiesto, fue escrito por Miguel Diomede para Rogelia Escalada (La Chola), su modelo, ante una naturaleza muerta pintada por ella:

Fue para mí una alegría. y también usted experimentó una gran felicidad de haber pintado por primera vez. ¡Cuántas sorpresas al ir despertando! 
Ahora, puedo comprender su soledad interior, esa gran soledad cuando era niña. 
Un mundo nuevo renacerá ante usted. Como un amor profundo en la soledad, hacia una emoción poética. Hay sutilezas. Entonces identifíquese más, trabajando, para asimilar sus conocimientos. Si lo consigue encontrará una experiencia creetiva. Trate de ser espontánea, sin vacilar, lo enimico, conocerse, verse por dentro en lo que no se puede ver pero se siente, y llegará a conocer el lenguaje de su personalidad. 
Contemplar, observar, meditar más ... Recordar más. Sin que nadie la perturbe en el hacer, en silencio enriquecer la imaginación. Tiene que vivirlo, hechizarlo con poesía... hasta emocionarnos. Así amará la vida y el arte. Entonces la adversidad de su existencia se traduce en comprensión. 
Le sugiero que vuelva a repetir el mismo motivo; trate de observar más los contrastes del verde, que hay más variedades de matices. Al repetirlo, lo conocerá mejor.

Cronología

1902 Nace en Buenos Aires el 20 de julio.
1929 Participa en presentaciones colectivas en MEEBA y en el "Ateneo Popular de La Boca"
1936, "Premio de Honor" del Honorable Consejo Deliberante. Medalla de oro del diario Crítica. 
1946 Invitado al "Premio Palanza". 
1951 Invitado al "Premio Palanza"
1954 Realiza un viaje de estudios a Italia. 
1957 Primer premio del "XXV Salón de La Plata". Invitado nuevamente al "Premio Palanza".
1958 Medalla de bronce en la"Exposición Universal de Bruselas". Exposición retrospectiva del Museo Nacional de ---------------Bellas Artes en Buenos Aires. 
1973 Es designado académico titular de la Academia Nacional de Bellas Artes. 
1974 Exposición retrospectiva en LAASA (Lorenzutti Arte y Antigüedades S. A.). Muere en el Hospital Francés en la ---------- -----ciudad de Buenos Aires el 15 de octubre. 
1975 "Obras inéditas 1934-1974" en LAASA.