sábado, 7 de diciembre de 2013

Lucio Meléndez








































Nació en La Rioja en 1844. Murió en Adrogué (Buenos Aires) el 7 de diciembre de 1901.
Meléndez fue el primer docente de psiquiatría de Buenos Aires y un esclarecido científico. Era hijo de un emigrado chileno, José Reyes Meléndez, y había nacido en La Rioja en 1844. Desde pequeño evidenció un gran interés por la medicina y el estudio de la naturaleza, y era habitual verlo diseccionando aves silvestres, para estudiar la anatomía animal.
Por esta temprana vocación, fue enviado a hacer sus primeros estudios en Córdoba, y luego a Buenos Aires, para realizar los estudios médicos en la Universidad de Buenos Aires.
Pronto, la guerra con el Paraguay lo distrajo de sus estudios. Participó en la contienda como flebotomista y médico general, y luego tuvo que participar en los servicios de asistencia pública obligados por las epidemias de cólera y fiebre amarilla de 1869 y 1971.
Cuando la guerra culminó, regresó a sus estudios, y se graduó en 1872, con una tesis sobre Aneurismas externos. De inmediato, Meléndez comenzó su carrera docente, en las Cátedras de Dermatología y Nosografía Quirúrgica, y sus prácticas de medicina psiquiátrica, como director del Asilo de San Buenaventura, a partir de 1876.
Fue en esta institución donde Meléndez logró sus grandes conocimientos de psiquiatría, especialmente a partir de la práctica forense. Volcó esta experiencia en las aulas, reconociéndose no como un profesor teórico, sino como un maestro pragmático. Muchas de sus clases, por ejemplo, se realizaban en el Asilo, y Meléndez explicaba las patologías mentales a sus alumnos al pie de la cama de algún enfermo.
Al frente del Asilo, que para fines de siglo se denominó Hospital de las Mercedes, primero, y luego, Hospital Nacional de Hombres, Meléndez organizó los pabellones de locos delincuentes.
También propuso a la Municipalidad de Buenos Aires, en 1879, el proyecto para fundar una Colonia de Alienados en una zona rural. No obtuvo aprobación de las autoridades municipales, aunque el proyecto permaneció, y sería llevado a cabo por su sucesor, Domingo Cabred. La intención de Meléndez con la colonia rural era dar término al hacinamiento que tenían los hospitales de la ciudad, atestados de enfermos provenientes de las provincias.
En 1886, Meléndez ganó el concurso para proveer de profesor titular a la Cátedra de Enfermedades Mentales, por entonces en establecimiento. Se cumplía así su sueño principal, ya que había promovido la creación de esta Cátedra durante muchos años. Sin embargo, en sus primeros tiempos, el curso no tuvo muchos inscriptos, en especial porque la asistencia a clase no era obligatoria, y porque los alumnos se empeñaban en no cumplir con muchas disposiciones reglamentarias. Acerca de estos problemas, Meléndez decía que "El estudiante de estos tiempos es muy difícil (...). No puede usarse con ellos el régimen empleado en las escuelas comunes, pues pasaron la edad; y si la facultad no los trata con el rigor que las ordenanzas establecen, no asisten nunca a clase y se revolucionan contra el profesor, validos de que no perderán el año ni se les aplicará pena alguna de las establecidas. Si a los alumnos se les dejara descansar un poco, comer mejor y no se los fatigara tanto en el Clínicas, a la mañana, rendirían mucho mejor."
No sería él quien vería la Cátedra asentada, sino aquellos que continuaron su obra: Domingo Cabred, José Borda, Arturo Ameghino y Gonzalo Bosch.
En 1892, junto a un grupo de jurisconsultos y médicos destacados, Lucio Meléndez fue convocado para participar de una comisión, a iniciativa del intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Dr. Miguel Cané, para proyectar una "ley de alienados". Sin embargo, la comisión no llegó a formarse.
Al año siguiente, se jubiló como director del Hospicio y se retiró a su hogar en Adrogué, lejos de las aulas y las salas de los hospitales. En esa casa, falleció en 1901.
Meléndez fue un gran científico y un gran médico psiquiatra. Se encargó de afirmar la idea de la importancia de la herencia en la patología mental y de sentar como norma para los estudios psiquiátricos la práctica de la medicina forense. Fue también un prolífico escritor (compuso más de 110 trabajos especializados) y colaborador durante años de los Anales del Círculo Médico Argentino y de la Revista Médica Quirúrgica.
A su muerte, la comunidad científica le realizó un sentido homenaje y Ameghino lo llamó "el bautista de la psiquiatría argentina”.