sábado, 15 de noviembre de 2014

LA CULPA ES MÍA - ALBERT PLA





LA CULPA ES MÍA

Creo que tengo muy claro lo que pienso sobre los que mandan. Estoy convencido de que la monarquía hizo casi más daño a este país que la Iglesia que les ampara y les bendice. Creo que casi todos los políticos son corruptos y mentirosos. Me parece evidente que casi todos los banqueros son unos ladrones sin escrúpulos. También me dan miedo casi todos los militares y policías. Y estoy seguro de que casi todos los medios de comunicación son el altavoz de estos poderes; siembran y cultivan sus mentiras a lo bestia, sin piedad y con insistencia.
Palabras como: "Democracia", "Justicia" y "Ley" ya no tienen sentido porque se han adueñado de ellas y se han cagado encima de su significado.
Y no digo más y digo casi, porque también tienen la llave de las cárceles y, la verdad, como casi todos, tengo miedo. No puedo decir nombres: cualquiera se mete con unos tipos que son capaces de meter en el talego hasta a los jueces que les acusan con las manos llenas de evidencias.
Yo maldeciría y escupiría sobre su tumba, pero creo que es mejor proponer una tregua de dos horas. Sin rencores, olvidemos nuestras preocupaciones y defectos. Por favor, les animo a que vayan a una sala de conciertos, a uno de los pocos espacios culturales donde se recita poesía o se programa un espectáculo de danza. Prueben una sola vez.
Vayan al teatro a ver que sucede, olvídense de recaudar un momento. Ya tendrán tiempo mañana de pensar cómo se llamará el último impuesto imposible que les tendrá que pagar el teatro para costear las putas de Canarias que frecuenta el concejal de cultura, o el alcalde, o el presidente de su grupo parlamentario.
Siéntense en la butaca, tómense una cervecita en la barra de la sala donde toca una banda de flamenco, en vez de calcular que rentabilidad tendría ese local si estuviera en sus manos. Prueben a escuchar un recital de poesía; verán que inofensivos son esos supuestos aquelarres ideológicos. Comprobarán que no llegan ni a la mitad de perversión que las orgías que ustedes montan en yates de lujo.
Ustedes no tienen que hacer nada. Solo entrar. Sí, ya sé que hoy no hay ninguna cena donde ponerse hasta el culo con el cuento de recaudar fondos para los pobres, ni está el artista que sale en la tele que tanto le gusta a su mujer. Pero hagan un esfuerzo. Solo tienen que entrar y se encontrarán con una señorita que les corta atentamente las entradas. No intenten tirársela, ni robarle la cartera. Sólo denle las gracias y deséenle buenas noches. A su derecha verán un bar donde tomarse un café o una caña. Ustedes pensarán que de ahí tal vez no saquen tajada, pero por una vez sonrían y paguen al camarero su consumición.
Otro chico les dará las buenas tardes y les indicará el sitio donde ustedes estarán sentados. Ahora, miren al suelo. Está reluciente. Una persona limpió el teatro mientras ustedes estaban en el pleno, debatiendo si los billetes en primera de su último viaje los paga el ayuntamiento o la diputación.
Otro trabajador ha conseguido encender la calefacción en el tiempo que ustedes han necesitado para comprarle un bolso de Vuitton a su amante, para cenar en Zalacaín con el presidente de tal y su última novia modelo de cual.
Pero aún hay mas, una vez sentados, una persona apagará las luces de la sala llenando el escenario de colorines. No se asusten, ese individuo se llama técnico de sonido, no es ni un terrorista y tampoco un nazi separatista; ha venido desde lejos con el coche que ustedes le han vendido a crédito, habrá pagado sus peajes y puesto su gasolina, y dormirá en uno de los hoteles de su amiguete, el presidente del club de fútbol ése. Además recuerden que ustedes se van a llevar un buen cacho de su sueldo. No está mal. ¡Gracias a Dios!, que dirían ustedes: ¡está amortizado!
Relájense, no hay enemigos a la vista. Les espera una hora y media de pura magia. Poco más podemos hacer los cómicos desde el escenario, tal vez solo impedir que esos hijos de puta dejen de robar y hacer el mal al menos durante el ratito que dura el espectáculo.
O tal vez ellos tengan razón. Es mejor prohibirlo. Y efectivamente, la culpa de que todo vaya mal, es mía.
ALBERT PLA